El costo de la expiación de Cristo-Catecismo de Heidelberg: pregunta 37

El costo de la expiación de Cristo-Catecismo de Heidelberg: pregunta 37

Pregunta: ¿Qué es lo que crees cuando dices: padeció?
Respuesta: Que todo el tiempo que en este mundo vivió y especialmente al fin de su vida, sostenía en el cuerpo y el alma la ira de Dios contra el pecado de todo el género humano (a), para que, con su pasión, como único sacrificio propiciatorio (b), librará nuestro cuerpo y alma de la eterna condenación (c) y nos alcanzara la gracia de Dios, la justicia y la vida eterna (d).
Versículos de apoyo: (a) Isaías 53:4; 1 Pedro 2:24; 3:18; 1 Timoteo 2:6. (b) Isaías 53:10; Efesios 5:2; 1Corintios 5:7; 1 juan 2:2; Romanos 3:25; Hebreos 9:28; 10:14. (c) Gálatas 3:13; Colosenses 1:13; Hebreos 9:12; 1 Pedro 1:18, 19. (d) Romanos 3:25, 2 Corintios 5:21; Juan 2:16; Juan 6:51; Hebreos 9:15; 10:19.

No sé si has oído decir que el Dios del Antiguo Testamento es diferente al Dios del Nuevo Testamento. Lo he escuchado como una forma de prescindir del Antiguo Testamento y de desconocer una parte de la personalidad de Dios mostrada en esta sección de la Biblia. Todo esto argumentando que Dios “estaba enojado”, de esta manera, se enfocan en algo llamado “gracia permisible” que, de manera falsa y tergiversada, encuentran en el Nuevo Testamento. ¡Esto es absurdo! Dios es el mismo en los dos testamentos. En cada uno encontramos la justicia y la gracia de Dios, por lo tanto, es necesario comprenderlos para así conocer su santidad y su juicio sobre el pecado. Al estudiar la pregunta 37 del Catecismo de Heidelberg, entenderemos cómo el sufrimiento de Jesús es la culminación de la ira de Dios contra el pecado. ¡Comencemos!

Cuando leemos el Antiguo Testamento encontramos que la santidad de Dios era tan grande que el pecado no podía permanecer ante su presencia. Vemos a Dios juzgando naciones e individuos de diferentes maneras que, incluso, llegan a parecer extremadamente severas. No lo son. Desde el principio, Dios nos dijo que el pecado provocaría muerte (Gn 2:17), pero no entendemos. De hecho, como dice Salmos 2, las naciones y las personas conspiramos contra Dios constantemente. Tenemos como ejemplos el jardín del Edén (Gn 3), la torre de Babel (Gn 11), la crucifixión (Hch 4:21-31), la batalla de Armagedón (Ap 19:11) y, aún más evidente, nuestra vida diaria. Profesamos creer pero desobedecemos todo el tiempo. Constantemente nos rebelamos contra el Rey de reyes. Esto pasa tan seguido que, si Dios simplemente decidiera juzgarnos y condenarnos de una vez por todas, Él no sería duro con nosotros nada más porque sí. Dios es un juez justo, y el juicio sería sobre las consecuencias de nuestros propios pecados, ¡y vaya que merecemos mucho!  En el Antiguo Testamento es posible encontrar la justicia y la santidad de Dios. ¡No te confundas!

En la venida de Cristo, Dios nos dio una oportunidad frente al juicio de ira que merecemos. En Cristo, Dios nos perdonó. Y no, no hermana, no se trata de un simple “te perdono” del que podemos esconder nuestro pecado debajo de la alfombra. El perdón de Cristo fue un perdón costoso. Se trata de la expiación de Cristo. Expiación significa enmendar. “Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo os la he dado sobre el altar para hacer expiación por vuestras almas; porque es la sangre, por razón de la vida, la que hace expiación.” (Levítico 17:11)  “Y según la ley, casi todo es purificado con sangre, y sin derramamiento de sangre no hay perdón.” (Hebreos 9:22)

Para hacer las paces con Dios, tuvo que haber sangre. De nuevo, este no es un concepto nuevo. Vemos, por ejemplo, que en el inicio que Dios tuvo que matar animales para darles a Adán y a Eva prendas de piel (Gn 3:21). La sangre es necesaria para la expiación.

Para nosotros, la sangre también fue necesaria. La muerte de Jesús significó sufrimiento, sangre y, finalmente, muerte. La cruz de Cristo es el castigo más sangriento y duro que podamos imaginar porque un inocente murió por los culpables. La cruz de Cristo es la ira de Dios derramada sobre Jesús por cada pecado cometido y por cometer en toda la historia del mundo. ¡¿Puedes creerlo?! ¡Es el mismo “Dios enojado” del Antiguo Testamento pero ahora en el Nuevo Testamento castigando los pecados del mundo en el cuerpo de su hijo! ¡Y eso no es lo más sorprendente! La historia no termina en muerte, como sabemos, tres días después, ¡Cristo resucitó en victoria sobre el pecado y la muerte! En la totalidad de la historia de Cristo encontramos nuestra esperanza.  Cuando miramos a la cruz, debemos entender con seriedad lo que sucedió.

Jesús sufrió. Jesús fue crucificado. Su sacrificio significa sangre; significa una espalda brutalmente destruida por los latigazos; significa una corona de espinas. Lo que sucedió en el reino espiritual fue aún más fuerte. Cristo fue castigado con la ira de Dios por nuestros pecados. Fuimos reconciliadas, redimidas, regeneradas, perdonadas, adoptadas y amadas por la brutal expiación de Cristo.

Así que, hermana, al terminar la pregunta sobre el sufrimiento de Jesús, tómate un momento para hacer una pausa y meditar en la cruz. Jesús soportó la ira resonante, física y espiritual para que tú y yo no tuviéramos que hacerlo. Él sufrió porque te ama. Así que la próxima vez que leas o hables acerca de la cruz, ve en su pináculo la gloria de Dios, el costo de tu perdón y, en reverencia y temor, dale gracias a Dios por su asombroso amor por ti, porque tú, querida hermana, eres amada hasta la muerte.

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En asombro #cautivadaensugracia
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