Viviendo en el Evangelio- Catecismo de Heidelberg: pregunta 67

Viviendo en el Evangelio- Catecismo de Heidelberg: pregunta 67

Pregunta: Entonces, ¿tienen como fin la palabra y los sacramentos llevar a nuestra fe al sacrificio de Cristo cumplido en la cruz, como el único fundamento de nuestra salvación? (a)
Respuesta: Así es, porque el Espíritu Santo nos enseña por el Evangelio y confirma por los sacramentos que toda nuestra salud está puesta en el único sacrificio de Cristo ofrecido por nosotros en la cruz.
Versículos de apoyo: (a) Romanos 6:3; Gálatas 3:27.

¿Alguna vez has luchado con el pensamiento silencioso de creer que tal vez no eres cristiana? ¿En algún momento has dudado de tu salvación en Cristo? ¿Has pasado alguna la noche despierta sintiéndote desanimada porque hay un pecado en tu vida que te hace dudar tu salvación? A lo largo del tiempo, muchos creyentes como John Bunya y yo hemos sido víctimas de esta gran mentira. Pero, como él, descubrí que Dios nos ha dado el antídoto contra esa horrible idea: el Evangelio. La gente que por fe cree en la expiación de pecados debe recordar y vivir el Evangelio día tras día. No es algo a lo que nos acercamos una vez y después ya no lo necesitamos. Jamás, hermana, superaremos la necesidad del Evangelio. Es importante que siempre tengamos presente que obtuvimos el perdón porque Cristo fue crucificado. Estudiemos juntas la pregunta 67 del Catecismo de Heidelberg.

Los primeros días cuando descubrimos que somos salvas en Cristo por la gracia de Dios a través de la fe, cuando nos sabemos perdonadas, ¡esos días son increíbles! Nos regocijamos, tenemos paz y compartimos las buenas nuevas. Después, empezamos a leer la Biblia. Y no sé tú, pero cuando la leo, a veces me digo: “Salime, no lo estás haciendo muy bien”. Creo que la Biblia es un espejo para mi alma. Y hermana, mi alma está sucia. Lucho contra el pecado, me enojo, batallo porque quiero glorificarme, me pongo en primer lugar sobre todas las cosas y no siempre creo en las promesas de Dios. ¡Esto me sucede a diario! Si te soy sincera, no leo la Biblia y veo el reflejo de alguien digna de ser alabada. ¡Pero la gracia existe! Aunque en la Biblia me veo a mí misma como la pecadora que soy, también veo a Cristo. Cada vez que leo la Palabra de Dios veo a Jesús, y cada vez que lo veo, Cristo se vuelve más y más maravilloso.

Hermana, cuando todo en mi vida está bien y mi corazón está en un buen momento, necesito a Jesús. Él me recuerda que lo que me sucede no es para mí, sino para Él. Esto me permite regocijarme al ver su gracia en todo lo que Él provee. En cada circunstancia puedo alegrarme, desde el aliento en mis pulmones, hasta ver la luz de la mañana. A pesar de mi maldad, todo es bueno debido a Cristo.

Pero, ¿qué pasa cuando todo parece terrible? Mi corazón grita: “Jesús, ¿dónde estás?” Muchas veces no lo entiendo. Mi vida está fuera de control, hay dolor y sufrimiento, pruebas y tribulación. Entonces recuerdo que, para los que aman a Dios, todas las cosas son para bien (Ro 8:28). Como su palabra lo dice en Filipenses 1:6, estoy segura de que Él comenzó en mí la buena obra y la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús. “Porque los montes serán quitados y las colinas temblarán, pero mi misericordia no se apartará de ti, y el pacto de mi paz no será quebrantado—dice el Señor, que tiene compasión de ti” (Isaías 54:10). Sus promesas no cambiarán, no por lo que yo haga o logre, sino porque Jesús ya lo hizo por mí.

En su libro “La disciplina de la gracia”, Jerry Bridges nos recuerda que algo importante: “Nuestros peores días nunca son tan malos como para que estemos más allá del alcance de la gracia de Dios. Nuestros mejores días nunca son tan buenos para estar más allá de la necesidad de la gracia de Dios”. Necesitamos el Evangelio todos los días, en cada circunstancia, en cada momento. No superaremos el Evangelio. El Evangelio no es solo donde empezamos, es donde vivimos y donde nos quedamos. Debemos tener presente esto todos los días.

Ahora, ¿cómo lo hacemos? Hace algunos días estuve leyendo en mi tiempo con Dios el libro de Josué. Debo confesarte que me sorprendió la cantidad de piedras que fueron utilizadas como testimonio. Estando en circunstancias extremas, Josué oraba y dirigía a Israel fortalecido en las promesas de Dios. Y Dios los rescataba y los restauraba. Luego, Josué tomaba algunas piedras y las colocaba una encima de la otra para crear una “piedra de testigo”, un “ebenezer”, o sea, un recordatorio de cómo Dios los había ayudado en ese lugar y de cómo los seguiría protegiendo en todo momento para cumplir sus fines.

Hermana, necesitamos esas piedras como testigos o testimonio del amor de Cristo en nuestras vidas. Necesitamos esos recordatorios. Leer la Biblia, orar, memorizar las Escrituras, reunirse con otros creyentes, bautizarnos, hacer la cena del Señor, escribir notas con versos, tatuajes… todas son formas para recordar el Evangelio a cada momento. No puedes exagerar o tener demasiada cantidad de recordatorios del Evangelio en tu vida.  Somos olvidadizas y, sin recordatorios, lo olvidarás y no podrás mantenerte firme en el Evangelio.

Así que, hermana, hoy te animo a ser una mujer que, recordando que las cosas son buenas o malas a causa de Cristo, se mantiene y vive firme en el Evangelio. Búscalo cuando leas la Biblia, memorízalo guardando versículos en tu corazón, escríbelo en el espejo de tu casa, pon recaditos con citas bíblicas en tus cuadernos, cántalo, bailalo, recuérdaselo a tus familiares y amigos. No olvides, no puedes dejar el Evangelio de lado porque siempre lo necesitarás.

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En Cristo. #cautivadaensugracia
@cautivadaensugracia #enthralledbygrace

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